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Juan Casado empezó trabajando sobre la hipótesis de una bacteria hasta que llegó a las anilinas

 

El pediatra Juan Casado era “un joven médico con muchas ganas” en 1981. Tenía 35 años cuando vivió cómo las urgencias del Hospital del Niño Jesús de Madrid, un centro especializado en atención infantil, se llenaban de niños con una rara enfermedad. “Los recibíamos con sarpullidos, con fiebre”. Eran víctimas de lo que luego se supo que era un desvío para consumo humano de aceite de colza desnaturalizado destinado a un uso industrial. Aunque la historia demostraría que los niños eran de los menos afectados, fue precisamente un chico de ocho años, Jaime Vaquero García, de Torrejón, la primera de las víctimas de lo que se denominó neumonía atípica o síndrome tóxico.

Pero ese no fue el primer nombre. Cuando los hospitales empezaron a llenarse de afectados, lo primero en lo que se pensó fue en una legionela, porque en el esputo de un afectado encontraron la bacteria correspondiente. “Más tarde, en una necropsia, encontraron Micoplasma neumónica, y la versión oficial fue que se trataba de una neumonía”, añade.

En apenas las primeras semanas de mayo, Casado vio a 232 niños con la enfermedad. El hospital se colapsó. “Hubo que cerrar los quirófanos, y usarlos para alojar a los niños”, cuenta el pediatra. “Durante aquellas cinco semanas, prácticamente viví en el hospital”, recuerda. Y es que algo no encajaba. “Aquel diagnóstico de neumonía despistó mucho”, afirma. El Ministerio de Sanidad estableció que se tratara con un antibiótico, eritromicina, pero los pacientes no mejoraban.

Casado, que era entonces miembro del equipo que dirigía Juan Manuel Tabuenca, empezó a experimentar por su cuenta. “Probamos a usar otro antibiótico, otros fármacos, pero nada”, relata.

Había sobre todo dos cosas que no cuadraban con la idea de una infección. La primera, la distribución de los casos. “Enfermaban en una vivienda, y en otra no; y en la que lo hacían, muchos niños no enfermaban”, dice el pediatra. “Los microbios no se transmiten así”, afirma. Además, había una cuestión bioquímica: los afectados tenían muy altos los linfocitos eosinófilos, que se asocian a alergias o parásitos. “Pero hubo que descartar que, estando en mayo, no estábamos viendo una reacción alérgica en los eosinófilos”. Comparando con datos de otros años y personas sanas lo descartaron. “Aproximadamente al mes ya teníamos claro que no se trataba de un microbio”, afirma.

Aquella convicción acababa con la famosa teoría del “bichito que si se cae de una mesa se mata” del ministro de Sanidad, Jesús Sancho Rof. Pero no daba una respuesta.

Con la idea ya de un tóxico en la cabeza, empezaron a buscar alimentos que los niños, los menos afectados, no consumían. Fueron días de confusión. Se habló de las hortalizas, los tomates, el agua. “Nosotros pensamos en las conservas de pescado”, admite Casado.

La solución fue sistematizar la búsqueda. “Hicimos una encuesta sobre consumo de más de 300 productos que pasábamos a todo el que venía el hospital”. Y la conclusión fue una: “Había una relación con un aceite que vendían en mercadillos y a domicilio en una garrafa con un tapón rojo”. Esto daba un aspecto social a la búsqueda. “La mayoría de los casos se daba en barrios y pueblos de la periferia de Madrid; hubo muy pocos en el centro”, recuerda Casado. Eso cuadraba con la distribución anómala de los afectados.

Con esos datos, Casado y su equipo fueron al Ministerio de Sanidad. Él cuenta que el secretario de Estado. Luis Sánchez-Harguindey, al principio no le hizo caso. “Le dije que o emitía una alerta o convocaba yo una rueda de prensa”, afirma Casado. Esa noche hubo un comunicado advirtiendo contra el aceite a granel.

Los siguientes pasos fueron fáciles. Las garrafas se enviaron a analizar al laboratorio de Aduanas, y se encontró anilina “que se añadía al aceite de colza para que no fuera apto para el consumo humano y que en ensayos animales producía un cuadro similar”. El círculo quedó cerrado. “Fue todo un proceso deductivo de unos médicos jóvenes que tenían mucha ilusión”, resume el médico el caso.

 

Fuente: https://politica.elpais.com/politica/2017/03/29/actualidad/1490805561_407301.html

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Se ha cerrado el plazo de inscripción en el 8 Symposium de Enfermería por ocupación de todas las plazas.

Ya se han mandado las notificaciones de los admitidos/as en los diferentes talleres.

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Con el comienzo de las clases, el hacinamiento en algunos casos y las relajadas medidas de higiene hacen que mocos y fluidos circulen a sus anchas por el aula

 

Ya está aquí el inicio del periodo escolar, para mí como pediatra y supongo que para maestros y docentes el año empieza ahora y no el 1 de enero. Con la apertura de aulas empiezan, no solo los problemas con libros y uniformes, llantos a la entrada y separaciones dolorosas, también el reencuentro con amigos y enemigos. Entre estos últimos están nuestros denostados virus. Con el comienzo de las clases, el hacinamiento en algunos casos y las relajadas medidas de higiene que mantienen los menores hacen que mocos y fluidos circulen a sus anchas por el aula, permitiendo que los virus empiecen a disfrutar de su ambiente deseado.

El verano actúa como un reset casi completo, pues si vimos un duro invierno de catarros y gripes, la primavera acrecentó los cuadros con asmas, alergias, neumonías y anginas bacterianas. Durante el cierre de las clases y el pasar más tiempo en la calle, campo y playa hicieron que los procesos habituales de los pequeños disminuyeran de manera drástica, modificándose el patrón de consultas, lo que fueron toses y mocos en verano eran picaduras y brechas.

El reinicio de la enfermedad banal de los mocosos lleva implícito el uso y abuso de todo tipo de medicamentos, antibióticos incluidos, como muy bien dice el doctor Andrade en su carta a raíz de un artículo mío sobre antibióticos: “El problema de los tratamientos con antibióticos en pediatría de cuadros catarrales, otitis, bronquitis y bronquiolitis, etc. es complejo y para nada sencillo, tanto por la mala educación sanitaria de la población como por nosotros mismos profesionales que estamos inmersos en este mundo, socialmente medicalizado y en el que es sistema de salud es totalmente abierto a todo y para todo.”

Esa barra libre que hay para el acceso a la consulta y esa medicalización donde todo parece necesitar un remedio, hace que para el profesional saturado sea más fácil y rápido tirar de receta de antibióticos, que podría no hacer falta, en vez de recitar al paciente en unos días para ver cómo evoluciona.

Como bien señala Andrade en su carta, los padres demandan inmediatez, el nene debe curarse cuanto antes, no quieren estar dos o tres días con un catarro sin hacer nada, faltando a clase y al trabajo, si no hay con quien dejarlo, y eso nos puede pasar a nosotros también.

Siguiendo su análisis comenta en su párrafo central: “La realidad, es un circuito que consiste en lo siguiente: consulta de la madre o padre a pediatra, por la mañana, tratamiento sintomático, con evolución de tres o cuatro días, a las 12-24 horas en la persistencia de síntomas, acude a urgencias de Atención Primaria u Hospitalaria, de nuevo se procede a exploración y mantenimiento de diagnóstico, y de nuevo consejo de tratamiento sintomático, a las 24 horas, acude nuevo a su pediatra o de nuevo a urgencias, si mantenemos la cordura, el proceso catarral, acaba con tres o cuatro consultas médicas con dos o tres profesionales diferentes, que en el supuesto haya sido todo académico, no habrán prescrito antibióticos. El tratamiento antibiótico, ejerce un efecto psicológico sedante a los padres, que hace que les ceda la ansiedad y efectivamente aguanten al enfermito en su domicilio hasta su curación. Eso ¿es malo?, es malísimo, pero en nuestra sociedad medicalizada hasta la extenuación, es un factor a tener en cuenta, y no podemos ceder a una realidad que hemos creado, no solo los profesionales, sino todos… Hasta que nuestros responsables políticos no usen todas las armas de comunicación para culturizar a la población en un tema como es el sanitario, no tendremos remedio”.

Aquí tengo que discrepar del análisis y de la receta propuesta, que la situación que describe es real, frecuente y conocida no lo voy a discutir, es nuestro pan de cada día, consultas abarrotadas con tontinaderías, permítaseme el término sin querer ofender a nadie, y urgencias hospitalarias sobrecargadas con asuntos banales o que podrían esperar y ser vistas por su médico de atención primaria, pero aun siendo cierto, el tratamiento antibiótico no puede ser en ningún caso un ansiolítico administrado al niño para apaciguar a unos padres demandantes.

No podemos como profesionales caer en el uso de placebos o pseudociencias y mucho menos de antibióticos como tapabocas por sentirnos nosotros sobrepasados, quemados o presionados por el entorno, no es ético, nuestra responsabilidad es con el menor y debemos contemplar su infancia actuando de una manera lo más respetuosa posible y eso implica no hacer o dejar de hacer cosas por presiones externas inadecuadas y mucho menos porque nuestro entorno laboral no sea el adecuado, entrando en un círculo donde nos sentimos maltratados y sin darnos cuenta maltratamos nosotros también y encima al más débil.

No estoy tampoco de acuerdo en cargar culpas a los responsables políticos que, si bien no hay una inversión en educación para la salud, y los presupuestos para primaria cada vez son menores a costa de gastar en un modelo hospitalocentrista cada vez más hipertrofiado y privado, no es más cierto que la responsabilidad debe empezar en nuestro entorno. No solo las cuentas macroeconómicas y grandes presupuestos tienen la culpa de todo, nuestro micromundo, nuestro entorno de cinco metros alrededor es nuestra responsabilidad y de nadie más. Cómo concluyamos una entrevista clínica, cómo desarrollemos esos cinco minutos que tenemos y que ojalá fueran más, cómo actuemos en educación para la salud en nuestra comunidad, tiene más valor en el día a día que cualquier reivindicación a la cúpula directiva que podamos hacer, que también.

Todo lo que se puede leer sobre antibióticos últimamente nos encamina a un desastre, bacterias superresistentes a todo, antibióticos que dejan de funcionar, uso inadecuado y abuso por doquier colocándonos a la cabeza de Europa en su mal control y no digamos ya en la infancia donde la situación es abusiva. En los últimos días, he podido leer estudios donde la responsabilidad de las resistencias no está tanto en el esos tratamientos interrumpidos que tanto regañamos a los pacientes porque no cumplen el periodo indicado, no está tanto en tomar dos días y dejarlo porque ya me encuentro mejor, el problema real puede ser el uso excesivo para cuadros que no lo precisan, la mayor parte de la veces por indicación inadecuada del profesional o también por automedicación, las farmacias no son pocas las que venden sin receta o adelantan el tratamiento, esas pastillas que le sobraron a la vecina y que le fueron tan bien o las que guardó del año pasado cuando pasó algo parecido. También se culpa a los tratamientos indicados correctamente, pero excesivamente prolongados, como se viene demostrando y que habría que replantear cuando una otitis se cura en cinco días iguales que con un tratamiento de 10 o una amigdalitis con dos o tres días de medicación.

En cuestión de antibióticos no es cuestión solo de echar la culpa a los que presionan al médico para que se los recete porque creen que sin ello no mejorarán o se curarán antes. La carta del colega Andrade me hace replantearme y mirarme el ombligo ¿Qué hago yo en cuestión de política de antibióticos? ¿Qué hago en mi día a día, además de quejarme de lo que hace tal responsable político o de las presiones de las farmacéuticas?

Aunque tenga 40 citados ¿soy capaz de perder unos minutos para explicar que no le voy a mandar antibiótico porque no le hace falta? ¿Soy consciente en todo momento de que si un producto, medicamento o placebo, no hace falta, tan solo puede hacer daño al niño?

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/08/24/mamas_papas/1503564201_541536.html

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No basta con que la comida sea saludable

 

La obesidad entre los más pequeños podría superar a la desnutrición infantil en 2022. Lo advierte un estudio que acaba de publicar la revista The Lancet en el que se confirma que, de 1975 a 2016, el número de niños y adolescentes obesos en el mundo se ha incrementado de 11 a 124 millones. Pero, ojo, porque las cifras no acaban aquí. El sobrepeso, antesala de la obesidad, ya alcanza, además, a 213 millones de menores.

Esta investigación dirigida por el Imperial College de Londres y la Organización Mundial de la Salud (OMS), la más exhaustiva hasta la fecha, analiza una muestra de 130 millones de personas mayores de cinco años de 200 países.

A pesar del aumento de la prevalencia en España en las últimas cuatro décadas–del 3 al 12% en niños y del 2 al 8% en niñas–, nuestro país no es de los peor parados. Las políticas emprendidas por el Ministerio de Sanidad, comunidades autónomas y ayuntamientos en los últimos años parecen haber ayudado a la ralentización en el aumento de estas cifras.

 

Comer en el cole

 

La Ley de seguridad alimentaria y nutrición advierte de que las comidas servidas en escuelas infantiles y centros escolares deben ser variadas, equilibradas y estar adaptadas a las necesidades nutricionales de cada grupo de edad. Y deberán ser supervisadas por profesionales con formación acreditada en nutrición humana y dietética. Campañas como los Desayunos Saludables de la Comunidad de Madrid destinados a la sensibilización de la comunidad escolar apuntan también en esa dirección.

¿Pero de qué sirve un menú equilibrado en la escuela si los niños lo encuentran insípido o aburrido, lo desechan y a la salida, hambrientos, se atiborran de chuches y bollería industrial?

Es lo que podría estar sucediendo en Estados Unidos, donde en 2012 se puso en práctica el programa Healthy, Hunger-Free Kids Act (Ley de niños sanos y sin hambre), que retiró de las bandejas de 30 millones de estudiantes pizzas, alitas de pollo y patatas fritas cargadas de sal. A partir de entonces, los menús tienen que ser bajos en grasas, calorías y sodio y contener proteína magra, más frutas y verduras y grano integral.

No hay unanimidad en cuanto al balance: si bien en 2016 un estudio publicado en JAMA Pediatrics concluía que “la implementación de los nuevos estándares de comidas no estuvo asociada con un efecto negativo en la participación de los estudiantes”, un artículo publicado en 2015 en el New York Times hablaba de “cubos de basura desbordados”. (Una normativa de mayo de 2017 ha relajado esos estándares).

 

Una fruta fría en invierno no apetece

Ese periódico lo compara con Francia, donde “un menú típico (ensalada de pepino con vinagreta, lasaña de salmón con espinacas, fondue con pan para mojar y compota de fruta de postre) probablemente no pasaría el filtro de la Ley de niños sanos y sin hambre por el uso de granos refinados, grasa, sal y calorías”.

Ni por la tarta semanal de chocolate, plantea el rotativo, y recuerda que, sin embargo, allí la cuota de obesidad es la más baja del mundo occidental: está rico y se lo comen, lo que evita que suplan esos alimentos con comida basura.

“Un menú saludable no puede ser que no sea rico: implica que sea apetecible”, señala Manuel Moñino, miembro del Área de Gestión del Conocimiento Científico de la Academia Española de Nutrición y Dietética. “Porque si no es apetecible, la promoción de hábitos alimentarios puede verse resentida”, continúa.

Según explica este experto, la comida deja de ser atractiva, por ejemplo, cuando las texturas o los colores de todos los platos son similares. O cuando la temperatura no es la adecuada: “Una fruta fría y dura en invierno no se la come nadie; pero si está en buen estado y a una temperatura adecuada a la estación, es más fácil que el niño la disfrute”, aclara Moñino.

 

Las habilidades del chef, fundamentales

 

También depende de las habilidades culinarias del chef, claro está. El colegio puede contar con cocina in situ y que los platos que salgan no sean ricos al paladar. Y una comida de catering transportada “puede ser muy rica”, rebate el experto.

Para la dietista-nutricionista Juana María González Prada, directora técnica de la clínica Alimmenta (Barcelona), “el apetito está relacionado con saber identificar el alimento, que guste verlo, la textura…”. Y aclara: “No porque a los niños no les guste hay que dejar de ponerles pescado, pero añadámosle una salsa de tomate, verduritas salteadas… En fin, que esté rico”.

No hay que olvidar que al cole se va a aprender, y la hora de la comida no debe ser una excepción. “Con el sentido del gusto se nace, pero también se educa”, añade la nutricionista.

Un estudio publicado en 2015 en JAMA Pediatrics encontró que cuanto más agradable es el sabor de los menús y el entorno en que se come, mayor es el consumo de frutas y verduras.

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/10/16/buenavida/1508160237_109376.html

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La pediatra cree que para contrarrestar la desinformación y la creencia o la fe de los antivacunas solo necesitamos datos, rigor científico y pruebas

 

La pediatra Lucía Galán (Oviedo, 1978) -autora del blog Lucía Mi Pediatra y de los libros Lo Mejor de Nuestras Vidas y Eres una Madre Maravillosa– baja del escenario del evento Gestionando Hijos con la misma energía que ha derrochado como copresentadora durante horas. Está acostumbrada a las conferencias multitudinarias, donde comparte consejos profesionales a madres, padres, abuelos, educadores y todo aquel que tenga dudas sobre cómo afrontar la crianza.

Después del éxito de sus dos primeras obras está a punto de publicar su tercer libro, el próximo 10 de abril con Editorial Planeta, pendiente aún de título y portada. Se trata de un crisol de historias reales, de carne y hueso, donde ella misma se desnuda para hablar de nuevo sin tapujos sobre las luces y sombras de la maternidad.

 

PREGUNTA. ¿Cómo y por qué surge esta tercera parte de la trilogía sobre maternidad?

 

RESPUESTA. Quería escribir sobre esa maleta que todos preparamos llena de ilusiones cuando vamos a ser padres… , pero cuando empiezas el viaje te das cuenta de que ni tú, ni tu pareja, ni siquiera tu hijo era como esperabas. En este libro recojo muchas historias de mis pacientes, casos reales y muy valientes que he conocido en consulta: cómo nace la maternidad en una pareja de dos mamás; el diagnóstico de cáncer con un bebé de meses, maternidad y discapacidad, reproducción asistida, adopción… Incluso hablo a corazón abierto sobre la maternidad en solitario después de un divorcio, a partir de mi propia experiencia. Escribo en cada capítulo sobre los miedos, las alegrías, las decepciones… y el aprendizaje que podemos sacar en cada caso.

 

P. En consulta, ¿ha observado algún cambio en los miedos de los padres o siempre son los mismos?

 

R. El miedo a que le pase algo a nuestros hijos siempre ha existido, pero ahora estamos más expuestos a la gran ventana de Internet, que amplifica todas esas preocupaciones. Los medios tenéis ahí la responsabilidad de informar con rigor y fuentes contrastadas: no lanzar cualquier titular que consiga muchos lectores y muchas dudas. Yo recomendaría a los padres que hicieran más caso a su instinto, al sentido común, antes que a los bulos, a los grupos de WhatsApp o la información no contrastada.

 

P. ¿Cómo vivió los bulos y el acoso que sufrió hace unos meses por parte del movimiento antivacunas?

 

R. Afortunadamente, en España -donde tenemos una de las tasas más altas de vacunación y es algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos-, los antivacunas hacen mucho ruido pero son casos aislados. No obstante, llegué a recibir amenazas de muerte por este tema, que denuncié convenientemente; hasta ahí podíamos llegar. Creo que para contrarrestar la desinformación y la creencia o la fe de los antivacunas solo necesitamos datos, rigor científico y pruebas. Aquellos días de acoso y ataques personales fueron duros, pero cuando lo vi con perspectiva era absurdo: si no voy a poder hablar de vacunas yo, siendo pediatra, ¡apaga y vámonos!

 

P. Aunque en España tenemos altas tasas de vacunación, no pasa lo mismo en países cercanos de Europa. ¿Cómo valora medidas como las vacunas obligatorias o la presión fiscal sobre las familias que se niegan a vacunar a sus hijos?

 

R. Las experiencias previas en California y Reino Unido han demostrado un efecto rebote que refuerza a los movimientos antivacunas cuando se impone la vacunación obligatoria. Aquí, de momento, no es necesario, pero si se diera un brote localizado y se tratase de un problema de salud pública, por supuesto que estoy a favor de la vacunación obligatoria. Quizás medidas intermedias como la presión fiscal de Australia sean más interesantes, donde se exige una serie de impuestos extra a las familias antivacunas. Es muy inteligente. ¿Por qué vamos a tener que pagar todos los gastos sanitarios derivados de una enfermedad que encima se puede prevenir y tiene la vacuna cubierta?

 

P. ¿Y qué hacemos para paliar las altas tasas de obesidad infantil en España?

 

R. Muchas veces los malos patrones alimentarios de los padres influyen en el sobrepeso de los niños. Cuando esos padres están dispuestos a hacer cambios en la alimentación de su hijo mejora la salud de toda la familia. Es imposible que un niño pida verduras para cenar si está viendo a sus padres cenar todos los días embutido, queso, cerveza o pizza. Los padres de niños con sobrepeso no lo suelen ver y se justifican diciendo “Es que está fuerte o está hermoso”. No; vamos a llamar a las cosas por su nombre. Tiene sobrepeso, pero con cambios sencillos en la alimentación se puede corregir: puede empezar a retirar el exceso de bollería, productos procesados, batidos y zumos.

 

P. ¿Cuándo deben preocuparse los padres si el niño no come?

 

R. Cuando su pediatra les diga que hay un problema. Una cosa es que una madre diga “Es que mi hijo no come” y otra cosa que veas a un niño activo, que juega, corre y no enferma. “No come poco”, señora, simplemente come lo que necesita su cuerpo. Y a lo mejor encontramos niños bajitos… porque sus padres son bajitos, no porque no coma lo suficiente. Obsesionarse con las comidas o llegar a la mesa con un conflicto no es buena idea. Si no le gusta el brócoli… cambia por una tortilla de espinacas, unas judías verdes salteadas… hay que ponerse en sus zapatos y no obligar, sino descubrir y probar qué le gusta y educarles el paladar.

 

P. ¿La ausencia de dietistas-nutricionistas en el Sistema Nacional de Salud perpetúa el problema de la obesidad?

 

R.  Soy una firme defensora del “Juntos Sumamos” y el trabajo en equipo. Por eso estoy convencida de que si los dietistas-nutricionistas estuvieran integrados en la Seguridad Social saldríamos ganando todos, no solo los pacientes, sino también los compañeros profesionales que podemos aprender de ellos, entender mejor cómo atajar el problema de la obesidad mucho antes. Y ellos, a su vez, podrían aprender de otras especialidades que no conocen y entender cómo se relaciona un diagnóstico con su campo. Pero de momento esto no sucede. Así que a los 12 meses saco el “Plato de Harvard” a los padres y les explico que no es tan difícil alimentar de forma saludable a los niños, aunque parezca lo contrario.

 

 

MÁS CREATIVIDAD Y TRIBU EN LA CRIANZA
La séptima edición del evento Gestionando Hijos celebrada el pasado sábado congregó a 1.100 personas. Los co-presentadores Lucía Galán y Leo Farache en directo y Diana Martín en streaming dieron paso a los ponentes Pablo D’Ors, Mar Romera, Henar Marrón, Marina Escalona, Álvaro Bilbao, Gregorio Luri, Salva López e Iván Santacruz.
Sus propuestas coincidieron en aspectos comunes como el foco en las emociones, la importancia de las palabras, la escuela para enseñar a formular preguntas más que respuestas, la creatividad, la crianza en tribu y la empatía o las genialidades infantiles que podemos interpretar como un error o una fortaleza vista desde las peculiaridades del cerebro de un niño.

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/12/18/mamas_papas/1513583915_212318.html

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Se sentirían extraordinariamente marginales si el día en que casi todos los demás niños del planeta occidental reciben regalos, ellos los malos, no obtuvieran nada

 

Estamos en Navidad, para bien y para mal. Rito de origen cristiano, impregnado de tal forma en nuestra cultura que hasta las familias no religiosas lo celebramos. Cada año por estas fechas, vuelvo a constatar con una inquietante frecuencia cómo a mi alrededor los niños van comentando lo bien que deben portarse porque son “espiados” por un sujeto (Papa Noel) o varios (Reyes Magos) que todo lo ven y todo lo pueden, ya que tienen en su mano algo muy preciado por nuestros niños: regalos. Incluso algunos amables dependientes de las tiendas de juguetes, bienintencionados amigos, suegros y vecinos les preguntan abiertamente si se han portado bien o mal, supongo que con el objeto de que los niños vayan ajustando sus expectativas sobre la cantidad de juguetes o de carbón que los mágicos personajes les traerán. ¿O no? ¿O lo preguntan para el que el niño haga balance sobre su adecuada o no adecuada conducta en el último año? Va a ser esto último…

 

Me resulta muy cansino y triste ver como se les chantajea con “portarse bien, porque si no serán (nuevamente) castigados con la ausencia de regalos o peor aún, con el negro carbón.

Se sentirían unos niños extraordinariamente marginales si el día en que casi todos los demás niños del planeta occidental reciben regalos, ellos los malos, no obtuvieran nada. Es además de una manipulación, una mentira porque no lo haremos. No conozco ninguna familia que a pesar de haber asustado a sus hijos con el asunto de marras, haya tenido el coraje de cumplirlo.

 

El hecho de utilizar a estos personajes del imaginario popular, tan amorosos y cercanos, como herramientas de chantaje para nuestros hijos, se explica desde nuestra falta de autoridad y de recursos que desemboca en tener que recurrir a estos sicarios para que nos hagan el trabajo sucio. Y es también la representación a gran escala de la pedagogía basada en el premio y en el castigo: te están vigilando…, Si no te “portas bien” no habrá premio.

Por suerte, vienen siendo ya los que quedan porque el hombre del saco, el coco y otros ilustres inventos de presión, quiero pensar que están extintos.

Y voy más lejos, el mensaje subliminal y tóxico que estamos enviando a nuestros hijos es “pórtate bien por miedo” no por razones, valores o principios, no porque eso te ayudará a crecer y te beneficia, no porque te amamos y tratamos de transmitirte lo mejor de nosotros mismos.

“Pórtate bien” porque si te “portas mal”, el espía de la barba blanca y los chicos de los camellos, no pasarán por aquí.

En estos días, donde el estrés se va apoderando de las familias que ya están empezando a sentir que algo se les desubica por dentro, donde los que faltan se vuelven inmensos, donde los conflictos intrafamiliares que hemos ido esquivando el resto del año ahora se ponen encima de la mesa, donde el simple hecho de las vacaciones de los niños y la perspectiva de que tenerlos en casa a muchas familias les remueve, donde nos confrontamos con el paso del tiempo, donde los ritos nos conectan con emociones que no queremos manejar, todos nos volvemos más vulnerables, es aún más fácil recurrir a terceros mágicos que hagan de espías omnipresentes y amenazantes.

Es humano, pero no es ético.

Y además ni construye ni educa.

Los regalos son regalos, dádivas, ofrendas, que sirven para transmitir amor, generosidad, gratitud. Yo regalo a mis hijos porque me produce y les produce felicidad, igual que lo hago con mis amigos o con mi pareja. A ninguno de ellos les digo que si no “se portan bien” no les haré un regalito por Navidad o por su cumpleaños.

Si formamos parte de esos padres que hemos decidido continuar con el ritual mágico de Papa Noel o de los Reyes Magos, no podemos usarlos a nuestra conveniencia. La magia entonces es sagrada y el fin no justifica los medios. Nunca o casi nunca.

En una sociedad basada en la abundancia de cosas y en la privación de contacto y presencia, propongo “utilizar” estos ritos culturales para enseñar y transmitir a nuestros hijos la satisfacción y plenitud que produce la acción de dar así como la de recibir.

Las navidades son un buen pretexto, aunque no el único hacer un ejercicio de gratitud, expresando lo agradecidos que nos sentimos por todo lo bueno que la vida nos regala, aunque no siempre nos portemos bien, poniendo más luz en lo que tenemos y no tanta en lo que nos falta. Seamos espejo y referente sin necesidad de chantajes, enturbiando la magia de una noche que es ilusión y alegría y que con toda seguridad, teñirá de ternura los recuerdos de nuestros hijos, quienes a su vez, transmitirán el mismo entrañable tesoro en los suyos.

Decía Albert Einstein que dar ejemplo no es la principal manera de influir, es la única.

Nunca es demasiado pronto para transmitirles el germen de la solidaridad y nunca es demasiado tarde para alejar a los sicarios del castigo de la pedagogía negra que tiene patas muy, pero muy cortas y que aunque nos corra por la venas, podemos combatir desde una nueva y renovada conciencia y desde el absoluto e incondicional amor hacia nuestros niños.

Feliz Navidad.

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/12/20/mamas_papas/1513771692_226244.html

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Los bebés suelen empezar a andar entre los 12 y los 18 meses. Algunos consejos para que superen el miedo

 

Los primeros pasos de un bebé implican la puesta en marcha de miles de conexiones neuronales y la maduración del área cerebral que alberga la psicomotricidad humana. Esta adaptación está programada en los genes humanos para que un bebé pueda caminar en torno a los 12 meses. La primera palabra y el primer paso en solitario son hitos en la vida de un niño que sus padres suelen recordar de por vida. Se asemejan al pistoletazo de salida de un camino que le llevará a su desarrollo como persona adulta. Cuando el bebé comienza a andar, su mundo se expande de manera considerable. Ya no es tan dependiente de sus padres y despierta su vena exploradora. La capacidad de movimiento autónomo abre al niño todo un mundo de posibilidades para investigar, descubrir y aprender.

No obstante, cada niño lleva su propio ritmo a la hora de comenzar a andar. “Los hay que dan los primeros pasos con 10 meses y otros con año y medio. Cada niño es diferente, pero entre los padres es inevitable comparar el ritmo de desarrollo de su hijo con el de otros niños de su entorno, lo que les causa preocupación innecesaria, ya que se trata de una consulta habitual a los pediatras”, comenta Guadalupe del Castillo, pediatra y miembro de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap).

 

Causas por las que el niño/a se resiste a andar

 

Algunos motivos por los que los niños pueden retrasar el inicio de sus primeros pasos son:

– La prematuridad. Se considera normal que los niños que nacen antes del tiempo previsto y habitual de gestación comiencen a andar más tarde, ya que su edad se contabiliza a partir del momento en que les hubiera tocado nacer.

– El miedo es una de las causas más habituales por las que un niño preparado para caminar no acabe de soltarse a dar sus primeros pasos solo. “No obstante, lo que sí debe hacer el niño es ser capaz de ponerse de pie y sujetarse con 12 meses, aunque todavía no ande solo. Si no camina hasta el año y medio, pero no existe retraso en ningún otro área de su desarrollo, como la comunicación, no hay motivo para preocuparse”, explica la pediatra.

El gateo es la antesala de los primeros pasos en solitario del niño. Pero no siempre es así. Hay bebés que optan por andar y luego gatear. No obstante, sí es recomendable el gateo porque el niño adquiere más autonomía, fortalece músculos de brazos y piernas de cara a andar y desarrolla su capacidad espacial. Para motivar al niño a gatear, se pueden poner juguetes en el suelo a cierta distancia para que intente alcanzarlos, ayudarle a realizar los movimientos de gatear con cuatro apoyos e incluso hacerlo para que el niño lo vea y pueda imitar los movimientos.

Errores y aciertos con los niños que comienzan a andar

  • El método clásico de coger al niño/a de las manos desde detrás para ayudarle a andar es una buena manera para que el pequeño ejercite las piernas y coja confianza de cara a dar sus primeros pasos.
  • Los parques de juego para bebés son utensilios recomendables en la fase en la que el niño comienza a andar y a ponerse de pie. Se puede sujetar con facilidad para levantarse y andar de manera segura, sin riesgo de caídas que le provoquen dolor.
  • Los riesgos de los andadores para los niños son varios, ya que no desarrolla la tan recomendable fase del gateo, se fuerza la estructura ósea del bebé, pues el momento de intentar ponerse de pie y andar viene marcado por el propio proceso evolutivo del niño, y hay peligro de accidentes como caídas por las escaleras y riesgo de que el niño/a acceda a lugares peligrosos donde pueda ingerir objetos, quemarse o caerse.
  • Los zapatos para los niños que comienzan a andar son solo recomendables en la calle. En casa, es mejor que caminen descalzos, ya que apoyan mejor la planta del pie y descubren mejor sus puntos de apoyo y equilibrio.
  • Caminar de puntillas o con las piernas muy abiertas es un proceso por el que pueden pasar algunos niños que comienzan a andar debido a que están en proceso de aprender a caminar con seguridad. Pero es cuestión de tiempo que estas peculiaridades desaparezcan cuando el niño afianza su evolución con respecto a sus comienzos como caminante.
  • Acompañar, disfrutar y celebrar los avances del niño en su recorrido para caminar en solitario es el mejor estímulo para que lleguen los primeros pasos.

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/07/10/mamas_papas/1499680781_568075.html

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¡Hoy tenemos una gran noticia que compartir con todos nuestros amigos!

Hace unos días, el Instituto para la Excelencia Profesional, otorgó la concesión del Galardón “Estrella de Oro” como reconocimiento a su compromiso con la Excelencia a Manuel Baca Cots, Responsable Pediatría y Neonatología Hospital Quirón Málaga, Torrevieja y Murcia; y director del Grupo Pediátrico Uncibay.

Muchas gracias por el apoyo a ésta gran familia que formamos todos, sin vuestro apoyo no habría sido posible.

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En sus primeros meses, los niños comprenden que algunas palabras están relacionadas y aprenden antes el significado si el objeto está en su entorno

 

El significado de los balbuceos y chillidos de los bebés puede ser un galimatías ininteligible para los padres, pero a una edad en la que estas criaturas aún no son capaces de articular palabra, son ávidos aprendices del lenguaje. Esto es lo que cree Elika Bergelson, profesora en la Universidad de Duke, que en 2012 demostró que los niños de seis a nueve meses ya tienen una comprensión básica de las palabras para los alimentos y las partes del cuerpo. En un nuevo estudio publicado en la revista PNAS, su equipo ha utilizado un software de seguimiento ocular para mostrar que los bebés también reconocen que el significado de algunas palabras, como coche y cochecito (la sillita de paseo), es más parecido (tienen vínculos semánticos) que el de otras, como coche y zumo. Además, su conocimiento del lenguaje tiene relación con la cantidad de tiempo que oyen a sus cuidadores hablar sobre objetos en su entorno inmediato.

«Aunque no hay muchas señales claras de conocimiento del lenguaje en bebés, definitivamente se está desarrollando furiosamente bajo la superficie», afirma Bergelson. «Incluso en las primeras etapas de la comprensión, los bebés parecen saber algo sobre cómo las palabras se relacionan entre sí», añade.

Para medir la comprensión de las palabras, Bergelson invitó a los bebés y sus cuidadores a un laboratorio equipado con una pantalla de computadora y algunas otras distracciones infantiles. A los bebés se les mostraron pares de imágenes relacionadas, como un pie y una mano, o sin relación, como un pie y un cartón de leche. Para cada par, se pidió al cuidador (que no podía ver la pantalla) que nombrara una de las imágenes mientras un dispositivo de seguimiento ocular seguía la mirada del bebé.

Bergelson descubrió que los bebés pasaban más tiempo mirando la imagen que era nombrada cuando las dos imágenes no guardaban relación alguna que cuando estaban relacionadas. «Puede que no sepan el significado adulto de una palabra en toda regla, pero parecen reconocer que hay algo más similar sobre el significado de estas palabras», dice la investigadora.

Bergelson quería investigar cómo el rendimiento de los bebés en el laboratorio podría estar relacionado con el lenguaje que escuchan en casa. Para echar un vistazo a la vida cotidiana de los bebés, envió a cada cuidador a casa con un chaleco de bebé colorido con una pequeña grabadora de audio y les pidió que usaran el chaleco para grabar el audio de los niños durante todo un día. También usó pequeños sombreros equipados con grabadoras de vídeo del tamaño de un lápiz labial para recopilar vídeos de una hora de cada bebé interactuando con sus cuidadores.

 

Un bolígrafo y un león

 

Al examinar las grabaciones, Bergelson y su equipo categorizaron diferentes aspectos del habla a los que los bebés estaban expuestos, incluidos los objetos nombrados, en qué tipo de frases, quién las dijo y si los objetos nombrados estaban presentes o no. «Resultó que la proporción del tiempo que los padres hablaban sobre algo cuando realmente estaba allí para ser visto y aprendido se correlacionó con la comprensión general de los bebés», señala Bergelson.

Por ejemplo, si un padre dice «aquí está mi pluma favorita», mientras sostiene un bolígrafo, el bebé podía aprender algo sobre bolígrafos. Por el contrario, si un padre dice «mañana vamos a ver a los leones en el zoológico», es posible que el bebé no tenga ninguna pista inmediata que le ayude a entender qué significa león.

«Este estudio es un primer paso emocionante para identificar cómo los niños pequeños aprenden palabras, cómo se organiza su léxico inicial y cómo el lenguaje que escuchan da forma al mundo que les rodea o les influye», dice Sandra Waxman, profesora de psicología en la Universidad Northwestern que no participó en el estudio.

Pero, advierte Waxman, es demasiado pronto para sacar conclusiones sobre cómo los cuidadores deberían estar hablando con sus bebés. «Antes de que alguien diga ‘esto es lo que los padres deben hacer’, necesitamos más estudios para descubrir cómo la cultura, el contexto y la edad del bebé pueden afectar su aprendizaje», subraya. Eso sí, «lo que siempre aconsejo a los padres es que cuanto más puedan hablar con su hijo, mejor», añade Bergelson. Porque, como asegura, «están escuchando y aprendiendo de lo que dices, incluso si no parece ser así».

 

Fuente: http://www.abc.es/ciencia/abci-bebe-no-habla-pero-entiende-mas-crees-201711202026_noticia.html