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El análisis de las conexiones y sincronización entre las regiones cerebrales mediante pruebas de imagen permite diagnosticar el autismo ya a la edad de seis meses

 

En la actualidad, el diagnóstico de los trastornos del espectro del autismo (TEA) solo puede establecerse cuando el niño, ya a la edad de dos años, manifiesta de una forma patente los síntomas del comportamiento característicos del autismo, caso de un déficit en la comunicación o una gran intolerancia a los cambios o a la frustración. En consecuencia, y si bien ya hay disponibles intervenciones eficaces para atenuar la evolución del trastorno, no pueden llevarse a cabo hasta el segundo –y a veces hasta el tercero, e incluso cuarto– cumpleaños del niño. Un aspecto a tener muy en cuenta dado que cuanto antes se pongan en marcha estas intervenciones, más eficaces serán. Pero, ¿no hay ninguna manera de diagnosticar los TEA de forma más precoz? Pues sí. Y es que como muestra un estudio dirigido por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (EE.UU.), el uso de pruebas de imagen por resonancia magnética para observar cómo se conectan y sincronizan las regiones cerebrales permite identificar, ya a los seis meses de edad, qué niños desarrollarán los síntomas del autismo al superar su segundo año de vida.

Como explica John R. Pruett Jr., co-autor de esta investigación publicada en la revista «Science Translational Medicine», «no hay ninguna característica del comportamiento que nos ayude a identificar el autismo antes de que se desarrollen los síntomas. Y estos síntomas aparecen ya durante el segundo año de vida. Sin embargo, las intervenciones tempranas mejoran el pronóstico, por lo que en el futuro podremos utilizar las pruebas de imagen para identificar a los niños en muy alto riesgo antes de desarrollen los síntomas y, por tanto, poder iniciar los tratamientos de forma mucho más precoz».

 

Ya a los seis meses

 

Para llevar a cabo el estudio, los autores contaron con la participación de 59 bebés de seis meses de edad y con un alto riesgo de padecer autismo –tenían al menos un hermano mayor con el trastorno, por lo que su riesgo de desarrollarlo era de un 20% y no de un 1,5% como en la población general–. Y lo que hicieron fue someter a los bebés –siempre mientras dormían y durante un máximo de 15 minutos– a pruebas de imagen por resonancia magnética para observar la actividad neuronal de 230 regiones cerebrales.

Concretamente, los autores se centraron en las conexiones de las regiones cerebrales asociadas con las características del autismo: capacidad de lenguaje, comportamientos repetitivos y comportamientos sociales. Y una vez analizados los patrones de las conexiones y sincronizaciones entre estas regiones, desarrollaron un programa informático para predecir cuáles de estos bebés serían finalmente diagnosticados de autismo a la edad de dos años.

Y este programa, ¿funciona? Pues sí. Lo que hizo el programa fue dividir a los bebés en dos grupos: aquellos que, según sus resultados en las pruebas de imagen, no acabarían padeciendo el trastorno; y los que sí. Y de acuerdo con los resultados, el programa informático fue capaz de identificar al 81% de los bebés que desarrollarían autismo, lo que acabó sucediendo en 11 del total de 59 casos. Es decir, el programa predijo el diagnóstico a la edad de dos años en nueve de estos 11 bebés.

Como refiere Robert Emerson, director de la investigación, «cuando el programa determinó que un niño tenía autismo, nunca se equivocó. Pero falló a la hora de identificar a dos niños. Acabaron desarrollando autismo, pero nuestro programa no fue capaz de predecirlo correctamente basándose en los datos con los que contábamos a los seis meses de edad».

 

Lo mejor está por llegar

 

En definitiva, parece que las pruebas de imagen cerebrales pueden resultar muy útiles a la hora de diagnosticar el autismo ya a los seis meses de edad. O cuando menos, en los niños en alto riesgo de padecer el trastorno, pues no parece muy viable que estas pruebas se realicen de forma generalizada a todos los bebés. Sea como fuere, aún habrá que esperar.

Como indica Robert Emerson, «nadie había llevado a cabo antes un estudio como este a la edad de seis meses, por lo que necesitamos replicar los resultados. Esperamos pronto en marcha un nuevo estudio con un mayor número de participantes».

En este contexto, cabe resaltar que los autores ya participaron en un estudio que, publicado en marzo de este mismo año, permitió predecir a partir del análisis del líquido cefalorraquídeo qué niños en alto riesgo desarrollarían autismo. Así, y con aras de afinar el diagnóstico, sería muy interesante combinar de algún modo ambas pruebas.

Como concluye el director de la investigación, «lo más interesante está aún por llegar. En lugar de utilizar solo un fragmento de información para hacer estas predicciones, podríamos usar toda la información conjuntamente. Creo que este será el futuro del empleo de diagnósticos biológicos para el autismo durante la infancia».

 

Fuente: http://www.abc.es/salud/enfermedades/abci-disenada-prueba-para-diagnosticar-autismo-seis-meses-edad-201706080924_noticia.html

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Las mujeres que dan el pecho hasta los 24 meses tienen un riesgo un 18% inferior de padecer un infarto y un 17% menor de sufrir un ictus

 

La lactancia materna es la forma idónea de aportar a los bebés los nutrientes que requieren para crecer y desarrollarse de una forma saludable. Sin embargo, la lactancia materna no es únicamente beneficiosa para los bebés. También lo es para sus madres. Y es que tal y como han constatado numerosos estudios, las mujeres que dan el pecho a sus hijos tienen menores niveles de colesterol, de presión sanguínea y de azúcar en la sangre tras el embarazo. Pero aún hay más. A estas bondades a corto plazo se suman otras que duran toda la vida. De hecho, un nuevo estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Oxford (Reino Unido) muestra que la lactancia materna reduce en cerca de un 10% el riesgo de las madres de padecer una enfermedad cardiovascular o un ictus.

Como explica Zhengming Chen, director de esta investigación publicada en la revista «Journal of the American Heart Association», «nuestros hallazgos deben alentar a una mayor expansión de la lactancia materna para el beneficio tanto de las madres como de sus bebés. Nuestro trabajo respalda la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de que las madres den el pecho a sus hijos de forma exclusiva durante sus primeros seis meses de vida».

 

Corazones más fuertes

 

Para llevar a cabo la investigación, los autores analizaron los historiales médicos de 289.573 mujeres chinas que, con un promedio de edad de 51 años, participaban en un estudio –el ‘China Kadoorie Biobank’– en el que se habían registrado los datos sobre su historia reproductiva y sus hábitos de vida.

Concluidos los más de ocho años de seguimiento del nuevo estudio, y si bien ninguna de las participantes padecía enfermedad cardiovascular en el momento de su inclusión en el ‘China Kadoorie Biobank’, se registraron 16.761 casos de enfermedad coronaria y/o infarto agudo de miocardio y 23.983 ictus.

Los resultados mostraron que, comparadas frente a aquellas que nunca habían amamantado a sus hijos, las mujeres que dieron el pecho tenían un riesgo un 9% inferior de padecer enfermedad coronaria y/o un infarto y un 8% menor de sufrir un ictus. Un beneficio que, además, resultó más significativo cuanto mayor fue la duración de la lactancia materna. De hecho, las madres que siguieron dando el pecho hasta que sus hijos cumplieron su segundo cumpleaños mostraron un riesgo hasta un 18% inferior de desarrollar enfermedad coronaria y/o un infarto y hasta un 17% menor de padecer un ictus.

Como apuntan los autores, «por cada seis meses adicionales de lactancia materna, la probabilidad de desarrollo de enfermedad coronaria se redujo un 4% y el riesgo de ictus disminuyó un 3%».

Es más; las bondades de la lactancia materna fueron independientes de otros factores de riesgo cardiovascular, caso del hábito tabáquico, la obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial o el ejercicio físico.

 

Deshacerse de la despensa

 

Y este menor riesgo cardio y cerebrovascular asociado a la lactancia materna, ¿cómo se explica? Pues la verdad es que, dado que se trata de un estudio de los denominados ‘observacionales’ y, por tanto, no se pueden extraer conclusiones del tipo ‘causa y efecto’, no se sabe. Pero ello no implica que no se puedan plantear distintas posibilidades al respecto.

Como refiere Sanne Peters, director de la investigación, «si bien no podemos establecer los efectos causales, los beneficios de la lactancia materna para la salud de las madres podría explicarse por un reinicio o ‘reseteado’ más rápido de su metabolismo tras el embarazo. La gestación cambia el metabolismo de las mujeres de una forma dramática, pues las embarazadas almacenan grasa para proveer la energía necesaria para el desarrollo del bebé y para poder alimentarlo una vez ha nacido. Y en este contexto, la lactancia materna podría eliminar la grasa almacenada de forma más rápida y completa».

En definitiva, las mujeres que dan el pecho a sus bebés tienen un riesgo mucho menor de fallecer a causa de un infarto o de un ictus. Y cuanto más se prolongue esta lactancia materna, menor será su riesgo. Todo ello sin olvidar, obviamente, los beneficios para el bebé. Tal es así que la Asociación Americana del Corazón (AHA) recomienda que se mantenga la lactancia materna hasta que el bebé cumpla su primer año en los casos en los que resulte posible.

 

Fuente: http://www.abc.es/salud/enfermedades/abci-lactancia-materna-protege-madres-futuros-infartos-ictus-201706212226_noticia.html

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La especialista Lucía Galán expuso en Twitter una situación vivida en el ámbito profesional con una mujer, que rechazó vacunar a sus hijos a pesar de «no saber nada sobre la tosferina»

 

En redes sociales como Twitter, ciertos temas cuentan con algunos claros referentes. Es el caso de la pediatra Lucía Galán, más conocida como ‘Lucía, mi pediatra’. La especialista ha vuelto a protagonizar un debate a través de Twitter abordando de nuevo la polémica con las vacunas. En esta ocasión trasladó la conversación mantenida en su despacho con una madre que se postulaba totalmente contraria a la vacunación. Galán le cuestionó entonces por sus conocimientos sobre la tosferina. Ahí comenzó todo según recoge Ideal.es

«Esta semana: “No lo vacuno. He leído mucho y me he informado” Tu bebé tiene 20 días, ¿sabes lo que es la tosferina? No.- me contesta. Esta paciente me avanzó que lo había leído todo, que se había informado y no conocía la tosferina y el riesgo que asumía si no lo vacunaba. Además, con otra niña en casa, escolarizada. Hablamos largo y tendido. Hubiese estado horas. Tenemos tanto por hacer aún. Hay tanta desinformación», publicó.

La pediatra, que ya tuvo un roce con el periodista Javier Cárdenas por ese asunto, reconoció haber «desmontado uno a uno» los argumentos de aquella madre. «Aun así, su decisión estaba tomada. Su ‘creencia’ era firme. Un rayito de esperanza cuando, al salir, me dijo: “Gracias. Me has explicado cosas que desconocía. Voy a leer sobre la tosferina y te cuento», sentenció.

 

Fuente: http://www.abc.es/familia/abci-twitter-zasca-pediatra-madre-antivacunas-no-sabia-tosferina-201707251208_noticia.html

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Solo la neonatología está reconocida por el Ministerio de Sanidad, Servicios Servicios Sociales e Igualdad como Área de Capacitación Específica

 

Hace dos años, la Asociación de Pediatría de España consideró oportuno organizar una jornada para potenciar y promover la figura del pediatra, un especialista dedicado en exclusiva a la salud infantil. Este miércoles, 5 de octubre, se celebra la tercera edición del Día de la Pediatría bajo el lema Recuerda: el mejor médico para el niño es el pediatra. El objetivo es defender “el papel de nuestra especialidad, el de los profesionales pediátricos y el mantenimiento de la calidad de la atención pediátrica como garante de la mejor salud infantil”, reza la AEP en su página web.

La actuación de este facultativo es fundamental. Su especialización puede ayudar, por ejemplo, al 10% de los bebés prematuro, de los que 3.000 son grandes prematuros o lo que es lo mismo, bebés que nacen antes de la semana 32 de gestación. Pero, el objetivo es que los más de ocho millones de menores de 18 años en España reciban el tratamiento más adecuado a su dolencia.

La AEP nos recuerda que el 10% de los niños y el 20% de los adolescentes padece un trastorno psiquiátrico; el 30%, cuenta con sobrepeso; un 15% tiene problemas de asma y el 6% tiene algún tipo de alergia, entre otras dolencias. Y entre el 10 y el 15% de los adolescentes convive con una enfermedad crónica. Y, cada año, se diagnostican en España unos 1.100 nuevos casos de cáncer en menores de 14 años.  A pesar de ser una enfermedad rara, los tumores malignos en la infancia son la primera causa de muerte por enfermedad hasta los 14 años. El tipo más frecuente en los niños es la Leucemia (25%), seguido de los tumores del Sistema Nervioso Central (19,6%) y los linfomas (13,6%), según el Registro Nacional de Tumores Infantiles. “Todos ellos tienen derecho a ser atendidos por un especialista”, recalcan.

Hay que tener en cuenta que “solo la neonatología está reconocida por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad como Área de Capacitación Específica en Pediatría”. Por ello, la AEP denuncia “la falta de pediatras y de especialidades”. La AEP lleva cerca de 30 años solicitando dicho reconocimiento y lo hará incansablemente hasta que este se produzca. “La principal consecuencia del no reconocimiento de las especialidades pediátricas por parte del Ministerio es fundamentalmente la ausencia de una formación específica en aquellas patologías y metodologías que son extremadamente complejas”, asegura el profesor Serafín Málaga, presidente de la Asociación Española de Pediatría, en un comunicado.

El riesgo radica, según añade en el texto el doctor Fernando Malmierca, vicepresidente de la AEP y coordinador del Día de la Pediatría, “en que la falta de oportunidades de formación en las diferentes áreas pone en grave riesgo el modelo de atención pediátrico tal y como lo conocemos hoy en día”. De hecho, la situación de la pediatría de Atención Primaria (AP) es un claro ejemplo de la debilidad actual que está viviendo el modelo: la saturación en sus consultas y la carencia de oferta de puestos de trabajo en centros de salud han dado como resultado que en torno al 30% de las plazas de pediatría de AP no esté siendo ocupadas por especialistas pediátricos.

El escaso número de profesionales especializados es solo la punta de iceberg de la situación pediátrica actual, puesto que a ello “debemos sumar las pocas plazas de formación pediátrica vía MIR, que un año más no han alcanzado el número de acreditadas necesarias (se han convocado 413 de las 433 que están acreditadas).

“Con la carencia actual de pediatras, y la falta de oferta de plazas de formación pediátrica vía MIR, este modelo está ya en claro peligro de pervivencia”, señala el coordinador de Día de la Pediatría.

 

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2016/10/05/mamas_papas/1475654251_412366.html

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¿Hasta qué edad deben tratar los pediatras a los niños?

 

No es cosa fácil decidir cuál es la edad donde termina la infancia, en su más amplio sentido. Podría ser sexualmente, que se da antes entre las niñas. O cuando es legalmente imputable a partir de los 14 años y existe la capacidad para decidir, pero con el permiso paterno hasta los 16 ¿O se determina cuando existe la posibilidad de voto a los 18 años? Hay que reconocer que muchos la dejan a los 30 y pico a la vez que la PlayStation. ¿Y médicamente, cuándo termina la infancia? Se considera adulto a partir de los 14, que coincide cuando el menor abandona la pediatría para pasar a consultar sus problemas de salud con un médico de familia de adultos. Mientras que el gobierno de la Comunidad de Madrid opina que esta termina a los siete años. Esto es al menos lo que se desprende de la polémica que nos envuelve a los que trabajamos en esto de la salud infantil.

El caso surgió a raíz de un borrador de trabajo que, parece ser presentó la consejería a los representantes de la atención primaria de pediatría -documento que ninguno hemos visto, todo hay que decirlo-, y que venía a decir en una línea que en los casos necesarios se podría rebajar la edad pediátrica a los siete años y pasar los mayores a consultas de medicina de familia. Todo podría haber quedado en un bulo, pero resulta que el consejero en una rueda de prensa desmintió que esto vaya a ser una realidad y que los hospitales seguirán con el plan de aumentar, a los 16, la edad infantil, pero se le olvidó mencionar que ocurriría con la atención primaria. Y muchos sabemos que si el consejero lo desmiente es que el rumor se puede convertir en realidad y se elude el debate hasta que te lo encuentras hecho.

Tras la supuesta noticia, el lobby pediátrico, que ve amenazada su hegemonía infantil, montó en cólera, como no podía ser menos, emitiendo un comunicado en defensa de la infancia y de los puestos de trabajo que se titulaba Los pediatras alertan contra la intención de la Comunidad de Madrid de trasladar los niños a médicos de adultos a partir de los 7 años

Toda esta problemática se desprende de la sabida falta de pediatras en atención primaria; la ausencia de cobertura para suplencias y bajas y la contratación de médicos no pediatras para cubrir los puestos vacantes. Hoy por hoy, están en esta posición un 30% de los médicos en Madrid y parece que hasta un 40% en otras comunidades.

La polémica está servida. La edad pediátrica si, en algún caso, debe variar es hacia los 18, no rebajarse más todavía. Yo soy de los que me gusta atender a los adolescentes y no vería con malos ojos que este cambio a mayores se produjera. Entiendo que no es un criterio generalizado, pero sí que lo es el no volver a los años ochenta donde la edad pediátrica se situaba en los siete años.

Se ha demostrado que la atención especializada a la infancia genera sus frutos y la calidad aumenta. La satisfacción de la población es evidente y no varía a pesar de ese 30% de médicos de familia o puericultores que dedican su tiempo en exclusiva a la infancia. Que exista una especialización en esta etapa de la vida genera un mejor control de la vacunación, del desarrollo evolutivo y de una medicación más controlada, sin excesos y sin derivaciones innecesarias a otros especialistas.

La desaparición de la atención pediátrica en primaria o simplemente su reducción sería una gran pérdida social, un atraso en los logros conseguidos en salud infantil como se ha demostrado en múltiples estudios internacionales comparando con los países cercanos y similares.

El empeño de la Comunidad de Madrid viene dado por la ausencia de pediatras vía MIR que acepten los contratos y horarios de los centros de salud, cuando pueden seguir formándose y con mejoras en conciliación como tienen los hospitales.

El problema, señor consejero, no es la edad pediátrica que aceptamos todos entre los 14 y 18. La solución no viene de la mano de eliminar plazas de pediatría y reconvertirla en adultos. La solución es mucho más fácil y la podemos tomar del mercado laboral. Si no hay demanda, mejore la oferta. Si no encuentra quien le trabaje, mejore las condiciones del puesto, ya que no puede modificar el salario, que sí, pero en vez de contratos basura por días, no suplir vacantes, y maltratar al profesional, si maltrato al profesional. Mejore las condiciones y aparecerán de debajo de las piedras, volverán del extranjero y abandonarán las guardias del hospital cientos de pediatras.

También es cierto que al pediatra MIR se le forma en el hospital con un paso muy escaso por primaria, con una rotación de uno o dos meses en cuatro años. Así no se puede amar lo no se conoce. Debería mejorar la formación, no más ordenador, sino más clínica, más mirar al paciente.

Por otro lado ¿qué ocurre con ese 30% de médicos que ocupa puestos de atención primaria en pediatría con una titulación distinta de la MIR como son los puericultores y médicos de familia correctamente formados y que trabajan en una situación denigrante con contratos basura que no permiten acceder a la plaza y se ven condenados al contrato eventual mes a mes, muchas de las veces de más de 10 años? Y haciendo todo el trabajo feo sobrante con consultas saturadas, sin poder controlar la demanda, en horarios interminables de tarde-noche y sin posibilidad de mejorar.

Yo abogo por una dedicación especializada a la infancia hasta los 14 años, pero no tiene por qué ser en exclusiva por pediatras formados en una vía MIR. También deben acceder médicos de familia (también vía MIR) o médicos generales puericultores formados, vía máster correctamente, que pudieran acceder a consolidar su plaza a través de una oferta pública de empleo, primero extraordinaria y a partir de ahí ordinaria.

En condiciones no de eventualidad y desmotivación, sino apostando por lo que todos apostamos, una infancia con una atención diferenciada en los centros de salud y los hospitales.

¿Qué pensáis los padres? ¿Os fijáis en el título del profesional que atiende a vuestro hijo o preferís que sea de calidad? ¿Creéis que los siete años como edad límite es aceptable? ¿Preferís que haya consultas de pediatría separadas de la de mayores o mejor que un solo médico atienda a toda la familia?

Una pregunta más ¿Por qué tiene que haber consultas hasta las 21.00 horas de la noche, no sería mejor acabar a las 18.00 las consultas programadas y el horario ampliado solo para las urgencias?

Es un escenario muy complejo y no soy yo quien tiene las respuestas, solo tengo una: la edad donde los niños acaban su infancia no es a los siete años.

 

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/03/14/mamas_papas/1489502749_258099.html

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Toda la información en salud disponible no puede hacer nada frente al WhatsApp de la mamá de Juanito que alerta de no sé qué horrible enfermedad y de lo mala que es la leche

 

Generación perdida, o mejor dicho, echada a perder, más bien. Podría parecer una aseveración radical y seguro que lo es, pero en el ámbito sanitario, que es de lo que yo hablo, los padres de ahora tienen muchas cosas buenas, que ni sus padres ni abuelos disfrutaron, pero han perdido otras que no han sabido aprender o recoger.

Jamás en la historia de la infancia el menor había estado tan en el centro del universo. Cien años atrás o menos incluso, los niños eran algo molesto que había que tener por obligación y sustento de la especie y para que quedara clara la fertilidad, ya que su ausencia se vivía como una lacra, una muestra de falta de hombría o de matriz seca. Tratados como fuerza de trabajo a la mínima de cambio, debían ser sustento y ayuda en las tareas de la casa o del campo a poco que la vida les hubiera enseñado a mantenerse de pie, relegados a un segundo plano hasta su mayoría de edad.

En estos últimos años mucho ha cambiado afortunadamente, sea por la información o por el desarrollo que nos permite tener hobbies en vez de salir a cazar o a trabajar de sol a sol; o bien sea por la evolución sin más, que nos ha llevado a respetar con mayúsculas a la infancia y protegerla del ambiente más hostil de los mayores. Tener a los niños en el centro de la familia y no al lado ha generado conceptos como el apego, la crianza respetuosa, la disciplina positiva y otras tendencias de moda. La información circula con rapidez en libros y blogs maternales o profesionales, grupos de madres, redes sociales, cursos y eventos donde fluyen consejos y modelos de crianza rodeados de opiniones y sabiduría, todo ello hasta llegar al grupo de madres de WhatsApp.

Pero toda esa información en temas de salud no está funcionando. Los mensajes tranquilizadores se pierden entre un montón de alarmas y bulos que circulan como la pólvora y que generan ansiedad para intentar proteger al máximo a nuestros herederos. El Estado, el Ministerio de Sanidad, las comunidades, no tienen planes ni campañas para fomentar los cuidados básicos sobre la infancia. Mucho éxito en trasplantes, campañas contra el cáncer de mama o de próstata que generan más alarma y más consumismo de pruebas y consultas, nada que fomente la autosuficiencia de los padres. No entendáis esto como una crítica, es sabiduría:

Los han dado por perdidos.

No vale para nada dirigirse a una población absorta en mensajes publicitarios y consumistas donde un bulo por WhatsApp tiene más valor que la palabra de su pediatra, donde un mensaje alarmista de pánico tiene más credibilidad que una campaña de la institución competente, porque hace tiempo que perdieron ese liderazgo. Los mensajes de gurús en eSalud, eHealth o mHealth, toda la información basada en la evidencia ciencífica y la experiencia difundida en appssanitarias, redes sociales y cualquier otro medio de comunicación, van cayendo en el olvido de un rincón de la memoria. Predomina el mensaje de WhatsApp de la mamá de Juanito donde alerta de unos casos de no sé qué horrible enfermedad y de lo mala que es la leche o el pan blanco.

Yo también los doy por perdidos.

A partir de ahora abandono, voy a unirme firmemente al Ministerio y a la conserjería y no voy a volver a emitir ningún mensaje dirigido a los padres para que aprendan a cuidar de su prole y ser cada día más autónomos e independientes en temas de salud.

No es un abandono de objetivos, seguiré emitiendo y contando lo poco que sé y lo que aprendo de otros sabios de la salud. Lo que abandono es el destino de mis mensajes. Abandono a los padres, allá se las compongan con sus grupos y sus falacias. Propongo modificar el target, el destino último de los mensajes de salud.

Damos a esta generación por perdida.

Dediquemos nuestros esfuerzos por la salud infantil, por proteger a los menores, dirigiendo nuestros mensajes educativos al nuevo elemento cuidador, al sanador por cercanía cuando los padres delegan en instituciones, profesionales de todo tipo y grupos de WhatsApp. Mientras que el padre corre como pollo sin cabeza en busca de Urgencias, enseñemos al cuidador natural cómo intervenir para aliviar, cuidar y acompañar al peque.

¿Quién es el cuidador natural, y siempre lo ha sido, aunque no le tomábamos en cuenta?

El hermano mayor, la hermana mayor, el primo o prima que cuidan del canijo para no le pase nada en el parque, le protege en el colegio de los abusones, le lleva a la fuente a lavar la herida que se hizo con la bici o le acoge cuando le dieron ese balonazo. Ese hermano que se sienta paciente en la consulta del pediatra pensando ¿qué hacemos aquí, si no le pasa nada?, mientras exploramos a un bebé con madre angustiada porque tiene mocos, algo que él ya sabía.

Aunque es capaz de hacerlo naturalmente, a él debemos dirigirnos por todos los medios a nuestro alcance, para darle los conocimientos que mejoren su instinto antes de que lo pierda y se convierta de nuevo en otro miembro de una generación perdida.

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Murales decorativos, salas de colores, menús divertidos y actividades lúdicas se multiplican en las áreas pediátricas

 

Juan Pedro tiene tres años y otra vez está hospitalizado. Un trastorno biliar lo llevó al quirófano a los dos meses de nacido y lo mantiene por largos periodos bajo supervisión médica. Esta vez ha viajado de su natal Vitoria a Madrid y está internado en el Hospital 12 de Octubre, planta 7B, cuarto Conejo. Sí: cuarto Conejo. Aquí las habitaciones no tienen números, sino animales o duendes que están pintados en las paredes para que los niños se sientan en un entorno menos frío que el típico cuarto frío de hospital. En los últimos diez años, cada vez más unidades infantiles han adaptado su infraestructura con murales, espacios de juego o actividades recreativas, ya que se ha demostrado, asegura el jefe de pediatría del 12 de Octubre, Jesús Ruiz, que la humanización de los espacios médicos mejora la recuperación de los pacientes.

A la hora de la medicina, Irune Ropero, la madre de Juan Pedro, no necesita hacer avioncito o usar estratagemas. El niño solo coge una de las jeringas contenedoras y empuja el líquido dentro de su boca: “¡mmm!”. Con la segunda frunce el ceño y los labios. A la tercera, agita la cabeza y pide agua para pasar el trago amargo. Lo pasa y vuelve a sonreír. “¿Qué le das de comer al conejo?”, pregunta la madre. “¡Zanahorias!”, contesta sin rastro de malestar. El mural pintado dentro del cuarto no es solo decoración, “es una herramienta, le sirve de guion a las madres para inventarse un cuento”, asegura la subdirectora de enfermería, Clotilde Pose, y Ropero confirma su teoría. “Le cambias un poco el chip; no está como castigado en el hospital porque está malo”, comenta.

La decoración es solo una parte de las medidas que ahora toman las áreas pediátricas. Empiezan a abundar las terrazas de juegos, visitas de payasos y magos, cine, teatro o ciberaulas para los niños más grandes que ya usan cotidianamente la tecnología. El Complejo Hospitalario de Navarra ha creado un cuento para explicar a los niños los procesos de cirugía, y el de León tiene coloridos menús para hacer más atractiva la comida a los niños.

Uno de los hospitales pioneros en estas acciones es el Niño Jesús, de Madrid, fundado hace 140 años, que desde hace medio siglo tiene un colegio para que los menores internados no se atrasen en sus clases y lleva más de 35 años haciendo mejoras físicas y actividades lúdicas. Hace poco más de una década, asegura la responsable de atención al paciente, Carmen Sivit, otros centros hospitalarios empezaron a pedirles asesorías. Hoy presumen de contar con más de 6.000 actividades y 300 voluntarios al año. Aun así, siguen innovando, dice Sivit, y en los últimos dos años se han enfocado más en mejorar la calidad de vida de los niños que pasan largas temporadas en el hospital, para que no solo sea una tarde de payasos, sino, por ejemplo, un taller con un escritor que puede durar un mes.

 

Decorando la segunda casa

 

La remodelación del 12 de Octubre empezó a partir de una dura experiencia familiar. El quinto hijo de Patricia Abruña nació con un problema en el hígado que los obligó a prácticamente vivir en hospitales durante tres años. Cuando Pablo iba en el tercer trasplante y le encontraron un tumor, la familia decidió que en lugar de rendirse, no iban a llorar una lágrima más dentro del cuarto del niño. Pidieron permiso para llenar de luces de colores y pintar con acuarelas. “Vimos que por un lado estaba lo que le hacían los médicos, pero influía nuestro estado de ánimo. Pablo no habló hasta los cinco años, pero veíamos que si tú estabas alegre, él estaba alegre”, recuerda.

Pero mientras Pablo salió adelante, a otro de sus hijos, Jaime, lo atacó una leucemia que mutó y en menos de un año le causó la muerte. Su madre se consuela con la certeza de que mientras estuvo hospitalizado, no fue un niño infeliz, ya que repitieron la estrategia de rodearlo de color y alegría. Cuando murió, sus padres crearon la fundación que lleva su nombre, Jaime Alonso Abruña, y que desde 2013 ha reformado cuatro plantas del hospital. Patricia se comprometió con la idea de hacer el 12 de Octubre lo más acogedor posible para todos los que tienen que ver pasar las horas sin poder salir de ahí. “Yo he tenido el respaldo de mi familia, pero hay madres muy solas, con lo cual, cuando tienen a un hijo enfermo, es que esta es su casa”, afirma.

 

El doctor Ruiz, jefe de pediatría confirma que han adoptado como uno de sus objetivos prioritarios lograr que los niños internados se sientan lo más parecido que sea posible a si estuvieran en su casa. “Hay estudios que demuestran claramente que un ambiente agradable, con dibujos alegres, favorece muchísimo el estado de ánimo del niño, y el estado de ánimo favorece el curso de la enfermedad, tienen muchos menos problemas médicos, incluso con enfermedades graves”, afirma. Las medidas de humanización incluyen dejar que los padres pasen el mayor tiempo posible junto a sus hijos, y no como hace décadas, que el menor llegaba al hospital y quedaba en manos de los doctores en un plano totalmente profesional.

 

Un recuerdo sin trauma

 

A los siete años, Cristina había pasado por la operación de un tumor, quimioterapias y autotrasplantes de médula ósea. Cuando dos años después tuvo una recaída, a su madre, Marisa Gayarre, le preocupaba horrores decirle que tendría que volver a pasar largas temporadas en el hospital. Pero la niña no se lo tomó tan mal. En su estantería guardaba todavía el cerdito morado con la cola rosa que hizo después de su segundo autotrasplante de médula, cuando sus defensas estaban tan bajas y su cuerpo tan débil que no había querido salir de su cuarto. “Vinieron unos voluntarios, hincharon globos y los envolvían con escayolas que trajeron las enfermeras. Pues se pegó toda la tarde emocionada; parece una tontería, pero estaba encantada y después se fue animando un poquito más”, rememora.

Como ese cerdito, gracias a las actividades del madrileño Hospital de La Paz, Cristina tiene muchos recuerdos que, según su madre, no son un trauma. “Se acuerda de fulanito del hospital, o cuando hicimos pulseras, su primera Nintendo, porque en casa nunca había habido una”. Una de las iniciativas que mejor ha funcionado con pacientes de oncología son los videojuegos. La asociación Juegaterapia reparte consolas bajo el lema “la quimio jugando se pasa volando”. El jefe de pediatría del Hospital 12 de Octubre está convencido de la eficacia de esta estrategia. “Un niño que juega no está enfermo… por lo menos en ese momento. No se percibe como enfermo”, explica.

 

La historia de Cristina motivó a una amiga de su madre, Suzana Curic, a correr un triatlón y recaudar fondos para remodelar la planta de oncologíapor la que ha tenido que pasar la niña. En un mes y medio ha logrado juntar casi 5.500 euros que irán destinados a la fundación CurArte, una asociación que también fue pionera en el mejoramiento de espacios médicos y que ahora ya ha intervenido en 22 hospitales de todo el país. Su directora, Pilar García-Valdés, ve con entusiasmo que el personal médico y la sociedad se han ido dando cuenta de la importancia del entorno que rodea a los niños. El siguiente paso, en su opinión, es que la humanización de espacios se haga desde que se proyecta un nuevo centro médico. “A nosotros nos llaman mucho cuando acaban de construir un hospital, todo impecable pero todo blanco, ¡y ahora es dinero de más que hay que poner! Mientras que si lo hacen desde el principio queda precioso y ya lo haces integral, como lo hacen en América y en el norte de Europa”, dice.

 

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Juan Casado empezó trabajando sobre la hipótesis de una bacteria hasta que llegó a las anilinas

 

El pediatra Juan Casado era “un joven médico con muchas ganas” en 1981. Tenía 35 años cuando vivió cómo las urgencias del Hospital del Niño Jesús de Madrid, un centro especializado en atención infantil, se llenaban de niños con una rara enfermedad. “Los recibíamos con sarpullidos, con fiebre”. Eran víctimas de lo que luego se supo que era un desvío para consumo humano de aceite de colza desnaturalizado destinado a un uso industrial. Aunque la historia demostraría que los niños eran de los menos afectados, fue precisamente un chico de ocho años, Jaime Vaquero García, de Torrejón, la primera de las víctimas de lo que se denominó neumonía atípica o síndrome tóxico.

Pero ese no fue el primer nombre. Cuando los hospitales empezaron a llenarse de afectados, lo primero en lo que se pensó fue en una legionela, porque en el esputo de un afectado encontraron la bacteria correspondiente. “Más tarde, en una necropsia, encontraron Micoplasma neumónica, y la versión oficial fue que se trataba de una neumonía”, añade.

En apenas las primeras semanas de mayo, Casado vio a 232 niños con la enfermedad. El hospital se colapsó. “Hubo que cerrar los quirófanos, y usarlos para alojar a los niños”, cuenta el pediatra. “Durante aquellas cinco semanas, prácticamente viví en el hospital”, recuerda. Y es que algo no encajaba. “Aquel diagnóstico de neumonía despistó mucho”, afirma. El Ministerio de Sanidad estableció que se tratara con un antibiótico, eritromicina, pero los pacientes no mejoraban.

Casado, que era entonces miembro del equipo que dirigía Juan Manuel Tabuenca, empezó a experimentar por su cuenta. “Probamos a usar otro antibiótico, otros fármacos, pero nada”, relata.

Había sobre todo dos cosas que no cuadraban con la idea de una infección. La primera, la distribución de los casos. “Enfermaban en una vivienda, y en otra no; y en la que lo hacían, muchos niños no enfermaban”, dice el pediatra. “Los microbios no se transmiten así”, afirma. Además, había una cuestión bioquímica: los afectados tenían muy altos los linfocitos eosinófilos, que se asocian a alergias o parásitos. “Pero hubo que descartar que, estando en mayo, no estábamos viendo una reacción alérgica en los eosinófilos”. Comparando con datos de otros años y personas sanas lo descartaron. “Aproximadamente al mes ya teníamos claro que no se trataba de un microbio”, afirma.

Aquella convicción acababa con la famosa teoría del “bichito que si se cae de una mesa se mata” del ministro de Sanidad, Jesús Sancho Rof. Pero no daba una respuesta.

Con la idea ya de un tóxico en la cabeza, empezaron a buscar alimentos que los niños, los menos afectados, no consumían. Fueron días de confusión. Se habló de las hortalizas, los tomates, el agua. “Nosotros pensamos en las conservas de pescado”, admite Casado.

 

La solución fue sistematizar la búsqueda. “Hicimos una encuesta sobre consumo de más de 300 productos que pasábamos a todo el que venía el hospital”. Y la conclusión fue una: “Había una relación con un aceite que vendían en mercadillos y a domicilio en una garrafa con un tapón rojo”. Esto daba un aspecto social a la búsqueda. “La mayoría de los casos se daba en barrios y pueblos de la periferia de Madrid; hubo muy pocos en el centro”, recuerda Casado. Eso cuadraba con la distribución anómala de los afectados.

Con esos datos, Casado y su equipo fueron al Ministerio de Sanidad. Él cuenta que el secretario de Estado. Luis Sánchez-Harguindey, al principio no le hizo caso. “Le dije que o emitía una alerta o convocaba yo una rueda de prensa”, afirma Casado. Esa noche hubo un comunicado advirtiendo contra el aceite a granel.

Los siguientes pasos fueron fáciles. Las garrafas se enviaron a analizar al laboratorio de Aduanas, y se encontró anilina “que se añadía al aceite de colza para que no fuera apto para el consumo humano y que en ensayos animales producía un cuadro similar”. El círculo quedó cerrado. “Fue todo un proceso deductivo de unos médicos jóvenes que tenían mucha ilusión”, resume el médico el caso.

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Los niños españoles entre cinco y 16 años llevan una vida cada vez más sedentaria, algo que se puede achacar al desarrollo tecnológico. El 28% de ellos pasa más de dos horas al día viendo la televisión, jugando a la consola o frente al ordenador. Y un 36% no hace deporte como actividad extraescolar.

El 26,3% de los individuos entre dos y 24 años padece sobrepeso u obesidad. Esto se debe al estilo de vida sedentario relacionado con la falta de ejercicio físico, los hábitos de entretenimiento pasivos o la tendencia creciente hacia una dieta rica en energía, grasa saturada, azúcares simples y baja en fibra.

Ésta es una de las principales conclusiones del reciente estudio realizado por el Observatorio de Idea Sana de Eroski junto con la Fundación para el Desarrollo de la Dieta Mediterránea sobre nutrición infantil. En en esta tercera ocasión el trabajo analiza los hábitos de ejercicio físico y ocio de los niños de entre cinco y 16 años.

La encuesta se ha realizado a un total de 400 familias con hijos pequeños o adolescentes de siete ciudades de España siguiendo cuatro zonas estratégicas: Bilbao y San Sebastián en el norte; Sevilla y Málaga en el sur; Madrid en el centro; y Barcelona y Valencia en la zona de levante.

La investigación muestra también que el sedentarismo de la población infantil tiene mucho que ver con que el 36% de los niños no incluyan la práctica de algún deporte como actividad extraescolar. Esto puede ser consecuencia de que “el 65% de los padres encuestados no realizan tampoco ningún tipo de ejercicio físico”, ha explicado en rueda de prensa Aurora Irigoyen, experta nutricionista.

Según indica el estudio, los factores externos que pueden influir en la obesidad y en la vida sedentaria afectan más a la población adolescente.

En este contexto, el estudio determina que el 43% de los jóvenes de 14 a 16 años pasa más de dos horas diarias ante las pantallas frente al 19% de los niños de entre cinco y siete años. Además, a partir de los 14 años, sólo el 52% realiza actividades extraescolares deportivas frente al 71% de los niños de entre ocho y 10 años.

Según Irigoyen, estos datos apuntan a “extremar las alertas en la etapa adolescente, especialmente a partir de los 11 años, cuando más se apodera de ellos la vida pasiva”.

 

Una guía de actividades sanas

 

Para poder cambiar los hábitos de la población española infantil, la Fundación Dieta Mediterránea propone una guía en la que se recomiendan las actividades más adecuadas para los niños. Así, se propone jugar al aire libre; utilizar las escaleras en vez del ascensor; ir caminando al colegio todos los días; realizar algún deporte específico de tres a cinco veces por semana y no hacer uso de la televisión, de los videojuegos ni del ordenador más de dos horas al día.

Este estudio es el tercero realizado por la Fundación Eroski dentro de la campaña informativa ‘Comer Bien Comer Sano’ impulsada a lo largo de este año. Esta iniciativa pretende “sensibilizar a más de un millón de consumidores ofreciendo pautas sencillas para potenciar los hábitos de ejercicio físico y ocio basándonos en los criterios elaborados por los expertos de la Fundación Dieta Mediterránea”, ha explicado el director de comunicación de Fundación Eroski, Eduardo Saiz.