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Hace 1 año las previsiones eran optimistas, se decía que en unos meses se podría contar con una vacuna frente al zika. En el verano pasado, el National Institute of Allergy and Infectious Diseases (NIAID, EE. UU.) informaba de que se disponía a emprender un ensayo clínico en fase I con un producto candidato a vacuna, basado en un fragmento de ADN no infectivo, con el que esperaba poder emprender nuevos estudios en el presente año.

Ahora, Margaret Chan, Directora General de la OMS, hace un repaso de la situación actual y los avances del pasado año 2016, y reconoce que no podrá contarse con una vacuna efectiva y segura frente al zika, para usar en las mujeres embarazadas, antes de 2020.

En 2007, en la isla Yap, en el Pacífico oeste, se sitúa el primer brote de zika registrado. Después, en 2013-14, en la Polinesia francesa. Y en 2015, en Brasil, donde la enfermedad ha mostrado una cara especialmente preocupante, en forma de complicaciones neurológicas (síndrome de Guillain-Barré) y en el feto (microcefalia y otras anomalías graves) y por su elevada capacidad de extensión. El 1 de febrero de 2016, la OMS declaró que se trataba de una “emergencia de salud pública de interés internacional”, aunque rebajó esta calificación en noviembre pasado, después de comprobar los avances en el conocimiento del microorgnanismo y su comportamiento.

Sin embargo, en el terreno de la prevención los avances han sido escasos. El WHO Vaccine Pipeline Tracker es una herramienta actualizada con regularidad, en la que se muestra el estado de desarrollo de vacunas frente al VIH, paludismo, VRS, dengue, zika, tuberculosis y ébola. En el caso del virus del Zika, de unos 40 productos candidatos a vacuna, solo 4 cuentan con estudios en fase I en marcha y de estos, dos son los que parecen tener más posibilidades de desarrollo. En un caso es una vacuna basada en ADN viral (VRC-319) y en el otro, una vacuna inactivada y adyuvada (ZPIV).

El desarrollo de vacunas frente al virus del Zika tiene por delante importantes dificultades: varios modos de transmisión, aparte del mosquito vector, persistencia del virus en los infectados durante un tiempo prolongado, interacción compleja con otros flavivirus, necesidad de proteger de forma segura a las mujeres gestantes. Por ello y aunque constituye una prioridad para las autoridades estadounidenses, como reconoce ahora la OMS, debemos prepararnos para un proceso largo.

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A raíz de algún reciente programa de televisión se ha desatado una gran preocupación sobre el consumo de panga en la dieta de los niños. Algunos colegios andaluces lo han retirado de sus menús por la alarma y la presión de los padres. La cadena de supermercados Carrefour lo ha retirado de su oferta.

El panga es un pescado blanco de agua dulce de origen asiático, que se cría en cautividad. La supuesta peligrosidad de su ingesta reside principalmente en la creencia de  que puede acumular más metales tóxicos o pesticidas que otros pescados. La cuestión no es nueva. El Ministerio de Sanidad, a través de la Agencia Española de Consumo y Seguridad Alimentaria (AECOSAN) se vio obligado en 2013 a salir al paso de esta alarma. En resumen, la AECOSAN señalaba que todos los alimentos procedentes del extranjero pasan controles de laboratorio y, si se detectan sustancias prohibidas, se rechaza la mercancía y se puede llegar hasta a prohibir su importación. Además de los controles del Ministerio, las Comunidades Autónomas y algunos ayuntamientos realizan inspecciones cuando el pescado está ya en el canal de la alimentación. No podía ser de otra manera: ningún alimento que contuviera pesticidas u otros productos que pudieran poner en riesgo la salud de los ciudadanos puede comercializarse. Y ahora se ratifica en el comentario anterior.

Otros pescados de gran tamaño también han sido objeto de comentario por parte de la Agencia, por su contenido en mercurio y metales pesados y que llevó a recomendar una limitación de su consumo en mujeres embarazas, lactantes y niños pequeños.

Salvado el punto más preocupante, quizá la consideración sería si disponemos de otros pescados, más acordes a nuestra tradición gastronómica y a la cercanía de los sistemas de producción con unas características nutricionales mejores, que puedan sustituir al panga. La Asociación Española de Pediatría, a través de su Comité de Nutrición, recomendó ya entonces la ingesta de pescado blanco (merluza, lenguado, etcétera) a lo largo de toda la edad pediátrica, tres a cuatro veces por semana, y limitar el consumo de pescados azules una vez a la semana, con raciones de menos de 50 g, en niños mayores de 3 años. Estas recomendaciones siguen estando vigentes. Si además la recolección de esas especies es más respetuosa con el medio, el entramado laboral que los sostiene más acorde a nuestro sistema de valores y su calidad nutricional mejor, son razones para favorecer el consumo de otras especies distintas del panga o la tilapia.

Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría.

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Infecciones como la del virus respiratorio sincitial son muy frecuentes en neonatos. Los anticuerpos que heredan son una opción para protegerles

 

Los recién nacidos llegan al mundo con un sistema inmunitario heredado de sus madres. Es una protección insuficiente ante varias infecciones. Varios laboratorios investigan cómo proteger a los recién nacidos aprovechando los anticuerpos que creen sus madres. Ello se debe a varias razones, explica David Moreno, coordinador del Comité Asesor de Vacunas de la Sociedad Española de Pediatría. Primero, aunque se pudiera medicar al recién nacido, la respuesta ante las infecciones tarda unos 20 días. Segundo, porque a veces la vacuna aplicada en los primeros días de vida no va tan bien. La de la hepatitis B, por ejemplo, funciona, dice Moreno, pero hay otras que no solo no dan una buena protección, sino que incluso afectan a la eficacia de las siguientes tomas.

Ante esta situación, una opción es vacunar a la madre. No para evitar problemas como el de la varicela, en los que hay riesgo de malformación en niños, por ejemplo. Simplemente para que el bebé nazca ya vacunado, y evite la infección hasta que cree sus propias defensas. “Hasta ahora se usan vacunas reconvertidas”, dice Moreno. Es decir, se trata de medicamentos que se desarrollaron para usar en niños o en adultos y que se ha visto que pueden utilizarse en gestantes para que transmitan los anticuerpos a los bebés. Moreno las llama vacunas reconvertidas. Ocurre con la gripe y la tosferina. En esta última infección “vacunar al neonato no ha ido tan bien. Al hacerlo con la madre queda protegido de manera indirecta”, dice el pediatra.

 

El nuevo paso que están dando los laboratorios es, por tanto, crear vacunas directamente para ser utilizadas en la madre con la idea de proteger al recién nacido. El caso paradigmático es el de una de las infecciones más frecuentes en bebés: el virus respiratorio sincitial (VRS). “Lo coge cualquier niño. Igual que la gripe colapsa las UCI de adultos en los hospitales, el VRS lo hace con las pediátricas”, dice Moreno. “Mata incluso en el primer mundo”, afirma,. sobre todo en niños con otros problemas o prematuros, explica el médico, “aunque donde es un auténtico problema es en países con menos recursos”, añade.

Aún no hay vacunas para el virus respiratorio sincitial, pero la lista de candidatos en ensayos es amplia. Y ya hay laboratorios que ensayan a la vez su uso en niños y en embarazadas. Según el último recuento de la organización especializada en innovación médica PATH, por ejemplo, empresas como Novavax y GSK ya están en esta línea. “La gripe A de 2009 fue clave para abrir este camino”, dijo hace una semana Thomas Breuer, director médico de la sección de vacunas de GSK en un encuentro con periodistas en las instalaciones de Wavre (Bélgica) al que invitó a EL PAÍS. “Los casos más graves de infección por el VRS se producen en los dos primeros meses de vida”, lo que justifica este abordaje, añadió. “Si se consiguiera una vacuna contra este virus, sería un bombazo en el ámbito de salud y económico”, afirma Moreno.

Si esta primera vacuna diseñada específicamente para que llegue a los niños por vía materna tiene éxito, habrá otras infecciones que se podrán estudiar. Breuer, por ejemplo, citó la del estreptococo del grupo B, aparte de afinar las de la gripe y la tosferina.

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Muchos padres se enfadan cuando el médico no receta más que agua y paracetamol. El pediatra Jesús Martínez explica por qué y los riesgos de la medicina defensiva

 

“¿Y no le mandas antibióticos?” Seguro que os suena esta pregunta e incluso la habréis utilizado o pensado alguna vez. Es irritante que tengas al crío malo, con fiebrón, lleno de mocos hasta en los ojos, que no ha dormido en toda la noche tosiendo; pierdes el día en la consulta del médico, le revisa, eso sí, de arriba abajo, y va y te dice que es un virus, que se curará solo y que no necesita más que paracetamol y agua. Lo dicho, indignante. ¿Por qué no quiere mandarle antibiótico? ¿Cómo se va a curar si no? ¿No se puede hacer nada para no pasar así otros dos o tres días? Que le mande algo, lo que sea, incluso homeopatía, que no vale para nada, pero algo habrá que hacer.

Hay que empezar diciendo que los agentes causantes de infecciones en nuestro medio son dos básicamente: virus y bacterias (también hay hongos, pero en la infancia son bastante raros). Contra las bacterias disponemos desde los años 50 de unos medicamentos llamados antibióticos, desde aquel primero que fue la penicilina -ese moho que aparece en el queso y otros alimentos, pues ese-. Desde entonces ha evolucionado y aunque últimamente no se ha inventado ningún nuevo, con lo que hay da para casi todas las bacterias conocidas. El objetivo sería usar el más sencillo y reservar los más potentes para casos más graves. Y es que si gastamos todas las balas de cañón contra la infantería, como en las pelis malas, cuando lleguemos a la muralla solo nos quedarán flechas para derribar sus muros.

El otro tipo de agente infeccioso son los virus, cientos de variedades, desde el más simple catarro hasta el virus del sida o el ultramoderno zika. Todos ellos comparten una característica: no tienen tratamiento, ninguno conocido, y todos son autolimitados en el tiempo desapareciendo solos, bien en dos o tres días e incluso horas, o bien cuando acaban con el paciente o se convierten en crónicos si conseguimos mantener al paciente con vida durante el ataque, como ocurre con el ébola. No hay ningún tratamiento que los liquide como ocurre con las bacterias, así que si estamos ante una infección vírica, ¿para qué vamos a malgastar tratamientos y esfuerzos en combatir algo que sabemos que no está haciendo nada? Incluso podemos estar deteriorando al paciente y produciendo efectos indeseables.

Sabemos por epidemiología y por la consulta diaria que los niños menores de tres años en un 95% o más lo único que pillan son virus. Catarros de nariz, conjuntivitis, bronquitis y bronquiolitis, otitis e incluso neumonías son víricas en un gran porcentaje, así como los exantemas en la piel y las temidas enfermedades vacunables. ¿Por qué reciben hasta en un 75% tratamientos antibióticos?

La única forma que tenemos de combatirlos es mediante la vacunación infantil, evitándose.

El 80% de los dolores de oído se solucionan con un calmante, del resto el 80% se resolverán solos por ser otitis virales y tan solo ese pequeño porcentaje restante es el que necesitará de la toma de antibióticos. Algo similar ocurre con las neumonías y siendo así, ¿por qué se tratan casi el 90% con antibióticos?

 

Y ¿por qué sabe el médico de cabecera o pediatra que es virus si no le hace análisis, ni radiografías, ni nada? Porque ha estudiado. Y si lo saben ¿por qué se recetan tanto?

Esa es la pregunta. Creo que el problema del abuso de antibióticos está en nuestra profesión. No debemos responsabilizar a la madre que entra en consulta con la exigencia de un tratamiento para su hijo. Ella demanda lo que conoce y lo que le damos a entender los profesionales. Debo reconocer que está descendiendo el exagerado uso de antibióticos en todos los estamentos pediátricos, ya sea en atención primaria o en urgencias, da igual públicas que privadas. Poco a poco hay más sensibilización con este asunto y desconozco las cifras, pero se está avanzando, lento eso sí. Todavía son muchos los lugares de donde sales con un antibiótico aunque te hayas torcido un tobillo, por si acaso.

 

“Por si acaso”, ese es el problema, ahí radica el origen del asunto, no es tanto el desconocimiento, que se soluciona con actualización, sino el miedo, la medicina defensiva, el cortoplacismo y el tratamiento complaciente para no discutir o para “quedar bien”. Explicar a unos padres que ese montón de mocos y esas noches sin dormir por la tos se pasarán sin necesidad de tratamiento, solo con los cuidados y mimos propios de la edad, cuesta 10 minutos. Tirar de receta 20 segundos.

Mandar antibióticos en urgencias por un dolor de oídos es apuntarse el tanto de qué resolutivos somos, y qué rápido se le ha quitado, aunque se le hubiera pasado igualmente sin tomarlo; tan solo hay que indicar que vuelva a su pediatra de atención primaria en 24 o 48 horas para ver evolución. Pero claro, para eso no irían a urgencias, van porque saben que allí se lo mandan y les damos a entender que eso es lo correcto. Ah, y de paso nos quejamos de que las urgencias están saturadas por chorradas.

Lo hacemos francamente mal.

El miedo a la evolución del proceso nos empuja a actuar indebidamente y mandar medicamentos por si acaso, no sea que, o no me pille los dedos. No es ciencia, es miedo y eso no es bueno. Es verdad que hacer las cosas bien es más difícil, es el camino tortuoso. El trecho llano es ser complaciente y dar todo lo que se pide y más, pues llévese este antibiótico y también algún jarabe que algo ayudará, y esta homeopatía que mal no le hará. Antiético. Aunque ninguno de esos potingues tenga ninguna utilidad para el pobre bebé, son tratamientos para apaciguar a los demandantes padres.

Y si esto es cierto, ¿por qué Sanidad no hace nada? ¿Por qué las comunidades autónomas de las que depende la sanidad pública no hacen nada? ¿Por qué la sanidad privada no cuida los estándares de calidad y prefiere ser complaciente? La OMS ha creado el día mundial del abuso de antibióticos que luego los Gobiernos no promocionan, ninguna campaña de concienciación, ni ninguna directriz a los trabajadores públicos y no digamos nada privados.

El antibiótico es una gran arma de destrucción masiva de bacterias, no lo malgastes. Curan cuando están indicados, tienen efectos secundarios y deben ser utilizados con prudencia.

 

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Los médicos afirman que esos monitores llenan las urgencias con falsas alarmas

 

Calcetines que calculan la frecuencia cardíaca, sensores que miden los niveles de oxígeno o pañales inteligentes que analizan la orina de los bebés y envían a una app móvil los datos sobre el riesgo de deshidratación, infecciones o problemas renales. La tecnología lo tiene (casi) todo para que los padres controlen el bienestar de sus hijos. Para los médicos, sin embargo, los bebés data se han convertido en una pesadilla. El equipo del Children’s Hospital de Filadelfia ha publicado un artículo en el que critica el uso de esos monitores y afirma que su principal efecto es llenar los departamentos de urgencias con falsas alarmas.

“Para la mayoría de los bebés sanos, no hay ninguna necesidad del uso de esos monitores en casa”, defiende Elizabeth Foglia, neonatóloga y coautora del texto publicado en la revista JAMA, de la Asociación Médica Americana (American Medical Association).

 

Foglia y sus colegas, los pediatras Christopher Bonafide y David Jaminson, explican que los sensores de señales vitales tampoco disminuyen el riesgo del Síndrome de Muerte Súbita en el Lactante, uno de los mayores miedos de los padres. “En cambio, que el lactante duerma boca arriba en vez de boca abajo o de lado, o que no se fume en el entorno del bebé, son medidas contrastadas que si han demostrado disminuir la muerte súbita y que no cuestan e incluso ahorran dinero”, señala Federico Martinón-Torres, jefe de Pediatría del Hospital Santiago de Compostela.

Los fabricantes de esos dispositivos reconocen que no pueden prevenir el síndrome, pero en su publicidad afirman que los aparatos emiten “señales de alerta”. Es el caso de Owlet, una marca citada por los médicos del Children’s Hospital. Ese monitor, que cuesta 230 euros, es un calcetín inteligente que promete controlar el ritmo cardiaco, los niveles de oxígeno, temperatura corporal y calidad del sueño del recién nacido.

 

Para los pediatras, que han analizado cinco modelos de monitores fisiológicos, con precios entre 140 euros y 280 euros, esos aparatos provocan más estrés en los padres, en vez de tranquilizarles. Foglia explica, por ejemplo, que los bebés sanos tienen caídas ocasionales de oxígeno de menos del 80%, sin consecuencias, y que eso no sería motivo de alarma. “Esos artefactos se aprovechan de la inseguridad y de la dificultades para conciliar las responsabilidades paternales con las laborales y acaban por generar más inseguridades y más preocupación”, opina Martinón-Torres.

 

Reglamentación

 

Los pediatras estadounidenses abogan por que los monitores sean reglamentados por la agencia que controla los medicamentos en EE UU, la Agencia de Administración de Alimentación y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés). “No hay evidencias de que los sensores sean precisos en la medición de las señales vitales”, dicen. La marca Owlet afirma en su página web que ya ha enviado a la FDA una solicitud para la aprobación del dispositivo. Aunque estos obtengan el visto bueno, el equipo del Children’s Hospital defiende que la comunidad médica debe debatir si el uso de los sensores es apropiado, una vez que una pequeña señal de caída del nivel de oxígeno podría ocasionar una visita a urgencias, un análisis de sangre innecesario o incluso el ingreso hospitalario del bebé.

Máximo Vento Torres, presidente de la Asociación Española de Neonatología, afirma que los sensores más eficaces son aquellos de alta precisión, desarrollados por médicos, y que son utilizados por un breve período y en circunstancias específicas, como en el caso de algunos bebés prematuros. “Ellos pueden tener riesgo de apnea y recomendamos los dispositivos para acortar su estancia en el hospital”, explica. Vento Torres señala que, en esos casos, los padres reciben una formación en reanimación cardiorrespiratoria. “Los aparatos, por muy inteligentes que sean, no ayudan en nada si sus alertas no generan la reacción adecuada”, concluye.

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El Servicio de Pediatría del Hospital Quirónsalud Málaga y el Grupo Pediátrico Uncibay responden, en el marco del 10º Symposium de Pediatría, a esta importante cuestión en una charla divulgativa especialmente dirigida a padres, familiares y profesores.
La cita tendrá lugar el próximo jueves 26 de enero a las 19:00 horas, en el Hotel NH sobre “ciberacoso” a cargo de la Psicóloga Dra.Virginia Vidal.

 

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